Por Alfredo Gabriel Páramo
Foto: Lucía Vergara
Realmente, Backstage, la primera novela publicada de José Noé Mercado (México. DF, 1977), es una obra que me produce una terrible, irrefrenable, envidia. Y nada de “envidia de la buena”, eso no existe; se trata de envidia pura y simple.
Backstage es un libro muy bien escrito, pero sobre todo, una aventura por las entrañas de una parte del alma mexicana de la que casi no se habla, del chilango de clase media y, sobre todo, culto.
Además, desde un punto de vista totalmente personal, para mí resulta más que entrañable, me recuerda tantas anécdotas familiares en torno a quienes vistan Bellas Artes y otros centros artísticos, con sus manías y su seudo cultural. A Fausto Menéndez-Lecona, el protagonista, le tocan las burlas y el “eso no se hace” de gente que va a las funciones para lucirse, porque está bien, porque así se debe, sin que en realidad les guste el arte, lo conozcan o, siquiera, les importa.
El periodista convertido en escritor (y aquí otro de los temas importantes de la novela: ¿acaso no todo periodista es —debiera ser— un escritor?, juega con su PSP y soporta cuchicheos en su contra, como alguna vez mis hermanos o yo escuchamos por leer o platicar en los descansos.
También leemos, cómo no, explicaciones absurdas, pero lucidoras, de quienes gustan lucirse por haber pagado boletos carísimos, que me recuerdan a la anécdota que cuenta mi papá —escritor y crítico musical— sobre un señor que explica a un grupo de neófitos sobre la composición de una orquesta:
“Esas son trompetas, esos son flautas…” , explica el conocedor.
“Y esos qué son”, pregunta una niña señalando las cuerdas.
“Ah, esos son violines, sí, violines de diversos tamaños”.
Baqckstage utiliza un lenguaje extraordinariamente claro, cercano, con palabras en inglés cuando la gente las utiliza. Please, sorry, drink, no problema, freak, nick, cool, sin buscar traducciones forzadas y tontas; del mismo modo, se sumerge en la cultura pop y la rescata con el recuerdo de las cangreburgers y, por supuesto, la aparición de Bob Esponja, o cuando Fausto come hamburguesas en Burger King —aunque yo le neceo a José Noé Mercado que me parece que está describiendo un McDonalds— , de la canción dedicada a Maradona o de Juan Gabriel.
También, a pesar del formato tradicional de novela y de libro impreso, la obra de Mercado desarrolla innovaciones como la lectura de correos electrónicos empezando por el más reciente —algo que ha desconcertado a más de uno— pero que cualquiera que haga uso frecuente de su mail encontrará lógico.
Seguramente la novela va a molestar a algunas personas pues critica el ambiente cultural que priva en nuestro país, en la mediocridad en la que estamos inversos y en la forma en que se desperdician recursos y talentos; no obstante, es una crítica alegre, desenfadada, lejos de amarguras y, sobre todo, lejos de poses; además, es una crítica que se forja con la creación propia que se expone al escrutinio público.
Pero tampoco se trata de una novela fácil basada en mero contenido biográfico, sino de una construcción de personajes basados —¿acaso podría ser de otra forma?—en la experiencia y el conocimiento, pero que viven sus propias vidas en las que solamente sirven a los intereses del autor, como todo personaje bien construido.
Sin embargo, tal vez lo más importante de Backstage sea la defensa que hace, sin discursos, pero con el ejemplo, de la necesidad, de la urgencia, de una cultura nueva, de salir de lo tradicional, de lo manido, de lo fácil, para empezar a crear, a representar y a disfrutar lo nuevo, lo diferente, lo raro.
José Noé Mercado, ex alumno de licenciatura y maestría de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, es un escritor al que hay que seguir muy de cerca y quien no lea Backstage se estará perdiendo de verdadera literatura.


